Tango en Guayaquil y porro en Manrique: los barrios que marcaron el ritmo de Medellín
Si Medellín fuera un pentagrama, sus barrios serían las notas que le dan sentido a la melodía. Cada esquina guarda un ritmo, cada calle tiene un eco, y hay dos lugares que marcaron profundamente la identidad bailable de la ciudad: Guayaquil y Manrique.
En Guayaquil, ese barrio vibrante del centro donde confluían comerciantes, bares y prostíbulos, fue donde el tango encontró su casa. A mediados del siglo XX, cuando Gardel ya era un mito, las vitrolas de las cantinas y los salones se encargaron de repetir una y otra vez esas melodías melancólicas. Allí, los hombres de sombrero y saco corto aprendieron a bailar tango con una intensidad que parecía sacada de Buenos Aires, pero con un acento paisa inconfundible. Medellín se enamoró del tango porque hablaba de amores imposibles, de derrotas y nostalgias: emociones que la ciudad, entre montañas, entendía muy bien.
Mientras tanto, en Manrique, otro barrio obrero y bullanguero, lo que sonaba era el porro. Allí no había lugar para melancolías eternas: el tambor y el clarinete levantaban el ánimo de cualquiera. Las verbenas de Manrique se volvieron famosas por esas noches interminables donde la gente bailaba con zapato lustrado y falda ancha, en un derroche de energía que aún hoy se recuerda. El porro estilo Medellín se consolidó en esas calles, en medio de la vida cotidiana de un barrio trabajador que nunca olvidó la importancia de la fiesta.
Así, Medellín se partió en dos amores: el tango de Guayaquil, íntimo y dolido, y el porro de Manrique, alegre y orgulloso. Esa dualidad musical nos sigue definiendo. Porque aquí, entre nostalgia y sabrosura, aprendimos que la vida también se baila.


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