De las fondas al salón: la historia secreta de los bailes que conquistaron a Medellín
En Medellín siempre se ha dicho que no hay fiesta sin baile, y esa frase tiene más verdad de la que parece. Los bailes que hoy conocemos en los clubes sociales, en las academias o en las verbenas de barrio no nacieron en ambientes refinados: su raíz está en las fondas, en esos lugares sencillos donde la música sonaba en vitrolas y el aguardiente pasaba de mano en mano.
Las fondas del Valle de Aburrá, a mediados del siglo XX, eran puntos de encuentro para arrieros, obreros y jóvenes que buscaban un espacio de desahogo después de largas jornadas de trabajo. Allí se mezclaban ritmos costeños como el porro y la cumbia con tangos argentinos, boleros caribeños y hasta valses europeos. Medellín era una ciudad industrial, pero también un puerto musical sin mar.
Con el tiempo, lo que se bailaba en las fondas empezó a filtrarse hacia otros espacios. Los clubes sociales de Medellín —El Club Unión, el Campestre, los salones del centro— vieron con sorpresa cómo las clases altas se dejaron seducir por esos mismos ritmos que sonaban en los barrios populares. Lo que antes parecía “música de pueblo” se convirtió en sinónimo de elegancia cuando los pasos fueron estilizados y los trajes de gala entraron en escena.
Así, el baile en Medellín tuvo un proceso único: subió de la vereda al barrio, del barrio al salón, y del salón a la identidad de toda una ciudad. El tango encontró su guarida en Guayaquil, el porro se refinó en Manrique, el bolero se volvió himno de amores imposibles en Laureles. Cada ritmo encontró un rincón en la ciudad y, juntos, fueron construyendo una tradición de baile que hasta hoy late con fuerza.
Medellín aprendió a bailar de la mezcla, de la curiosidad y del encuentro entre mundos. Por eso, cuando una pareja gira en un salón al ritmo de un porro o de un bolero, no solo está bailando: está contando la historia de una ciudad que nunca dejó de moverse.


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